Underneath

 

Recuerdos encerrados en cajas de vino. Las vio alejarse flotando, sin hundirse, más allá de la mente, más allá de su cuerpo.

Había quedado libre. Libre de goces, libre de culpas, también exonerado de azares y resentimientos. Era un hombre nuevo. Otra persona.

Fue hasta un kiosko y compró el diario, entró en un bar y pidió una caña. Le resultó familiar el rostro de una mujer del periódico que anunciaba compresas en la página quince, pero el que él conocía a esa hora se encontraba atravesando el tiempo entre listones de madera húmeda. Pagó la cerveza y dijo adiós.

Al salir al paseo volvió a mirar el móvil. Nadie le había llamado. Borró todas las direcciones de la agenda y escribió otras distintas. Inventó nombres y números. Los que quiso.. Pensó en ella, una vez más. "Quizás sea la última" también pensó.

Pero sabía que eso era imposible. Y, aunque desfigurar el pasado a su antojo no le había llevado mucho más allá de diez minutos, todas aquellas disgresiones absurdas que hizo en relación con el teléfono le sirvieron para cerciorarse de que en la práctica, los hombres, las mujeres, la vida la sentimos ante todo como una concatenación de recuerdos desafectos a la cronología.

Alegre y confundido, colmado, casi amnésico, se acomodó en un banco que había encima de un morro donde soplaba a rachas el viento del sur. A su espalda estaba el faro: apagado, quieto, lleno de revoques y costras de cemento y cal.

Las gaviotas le chillaban con rabia a la tarde.

Acudió a la baranda intrigado con la perspectiva, improbable, de poder ver pasar ante sus ojos las cajas cerradas. Llueve. Rompe a llover en un suspiro. El mar no arrastra caja alguna: de su virtud forman parte los arrestos de no plegarse ni a las voluntades de los hombres ni a los designios de los dioses. Es el mar.

Y él sonríe. Se sabe ganador de una partida de ruleta rusa. Echa a correr.

Su reflejo se expande por los escaparates de las tiendas. Lleva los cordeles de la capucha desatados. Tiene la cara fría. Corre.

Y corre... y corre... sin detenerse. Con la mano que guarda en el bolsillo acaricia una pequeña bala sin percutir. Un billete de autobús usado. La cabeza aplastada de un clavo sin punta.